Bajo el manto de la noche y la quietud del silencio.
Desabrigo las celdas de los pasajes prohibidos.
Le doy rienda suelta a los fantasmas de mi ombligo.
Enredaderas azules aceleran los latidos.
Gobiernan los estímulos abyectos.
Sigo la ruta al desenfreno.
Los gusanos se carcomen sus restos.
Un golpe, otro golpe y la luna mengua.
Las telarañas bailan tango en mi pelo.
El reloj tiene hipo.
Una vuelta y otra más, caigo suave en una espiral.
La piel me deshabita y se trasmuta en vapor.
Olor a esencia, escencia del alma.
Y recurro al barbarismo de mi lengua.
Para difundir mi estela y desalojar la ceguera.
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